Don Ángel

El Angel de Don Angel

El Angel de Don Angel

Una de las cosas que más disfruto al viajar en bici es vivir la incertidumbre de cerca. Lo sé, parece que nos gusta sufrir, pero en realidad está lejos de ésta creencia. Debo admitir que al inició del viaje y en otras tantas ocasiones durante, he llegado a sentir miedo por no saber dónde vamos a acabar durmiendo en la noche.

Sin embargo el tiempo pasa y las gratas experiencias que vives con la gente y su entorno te van otorgando una fe monumental en la humanidad. A tal grado que en vez de sentir miedo sientes emoción y curiosidad de saber a con que personaje te vas a topar.

Aquél Jueves de Septiembre amanecí con un presentimiento de que ese iba a ser especial. El cielo empezaba a pintarse de rosa, violeta y rojo. Colores que anunciaban la inminente llegada de la noche. No teníamos un lugar donde dormir. Despreocupados pedaleábamos sobre la carretera, pero alertas por si veíamos un buen lugar para poner nuestra casa de acampar.

Detrás de mí venía un señor en su bicicleta, una bici antigua, de acero y con la llanta trasera un poco baja. Yo había comprado una llanta de rodado 28, pero que no me servía dado que mi llanta era un poco más pequeña 700C. La llanta estaba totalmente nueva. En un acto espontáneo me acerqué a nuestro amigo ciclista y le pregunté, “Señor traigo una llanta nueva que creo que puede utilizar, ¿no la quiere?”. El señor rápidamente me respondió, “¿A cuánto joven?”.

“A nada, señor, la vengo cargando desde Villahermosa y la verdad no me sirve. Y creo que usted le puede servir muy bien.” le respondí amigablemente. El señor sonrió con gusto y aceptó mi oferta.

Antes de cualquier cosa, sobre la carretera se acercó y me extendió su mano, “Hola joven me llamo Ángel. ¿Y Ustedes?” Annika y yo nos presentamos mientras desmontaba la llanta de mi parrilla trasera y se la daba.

Don Angel Pedaleando

Don Angel Pedaleando

En la transacción me preguntó en dónde íbamos a dormir hoy en la noche. Le dijimos que no sabíamos pero que si él sabía de un lugar que nos dijera. Nos respondió con las siguientes palabras: “Sigan me.”

A unos cuantos metros llegamos al terreno de Ángel, pero yo le empecé a decir Don Ángel. Un terreno perfectamente cuidado, podado y limpio. Dentro del terreno habían dos casas, una construida con madera y techo de palmera y la otra con ladrillo. La segunda casa aún estaba en obra negra, pero tenía luz y agua corriente.

Don Ángel nos guió a la segunda casa, abrió la puerta y nos dijo, “Aquí se pueden quedar, hagan de este lugar su hogar por hoy en la noche o cuantas noches quieran.” Era inevitable sentir una ternura especial por aquél ser humano que teníamos tan sólo unos minutos de conocer. Nos daba todo, por tan sólo una llanta.

Por dentro la casa estaba casi vacía salvo una hamaca que estaba montada en una esquina. ¡Un lugar perfecto para nosotros! Estacionamos nuestras bicis y extendimos nuestros colchones. En cuanto pude me lancé a la tiendita más cercana y compré un litro y medio de refresco, hielo, galletas y papas (no nos juzguen).

El resto de la tarde noche la pasamos con Don Ángel platicando, sentados en su jardín tomando refresco y comiendo galletas platicando.

La Casa de Don Angel

La Casa de Don Angel

Don Ángel nos platicó su historia. Él se había mudado aquí en búsqueda de oportunidad de trabajo desde Chiapas. En aquél entonces (calculo que eran los 60`s) había mucho trabajo ahí por unas minas que habían cerca. Don Ángel dijo que le iba bien, que tenía trabajo y una esposa que la amaba pero que todo lo perdió todo.

Me dijo, “Hijo, perdí una batalla muy importante con el alcohol. Mi señora me dejó aunque le prometí que nunca iba a volver a tomar, y aunque que cumplí con mi palabra ya le había hecho mucho daño y no había vuelta atrás.”

Por si fuera poco, años después sufrió una enfermedad grave que casi se lo llevó al otro mundo. Fue la comunidad lo que salvó, un niño lo encontró tirado en su pasto, si no hubiera sido por eso él hubiera perdido su vida. En el hospital duró varias semanas, sin muchas ganas de salir. Pero la comunidad lo ayudó a salir adelante. Nos dijo también que encontró la fuerza de seguir en Dios. Fue la única vez que lo mencionó en toda la conversación.

Me dijo que el terreno que tiene, en parte fue gracias a los esfuerzos de los gobiernos de tres administraciones del gobierno federal. El primero hace 18 años por un programa especial, le otorgaron las escrituras oficiales de su terreno. El siguiente sexenio vinieron unas personas y calificaron su casa actual. Después determinaron que necesitaba una mejor construcción y le construyeron de manera gratuita la casa en la que hoy estamos durmiendo. Don Ángel me dijo que nunca se acopló a ella y que prefiere dormir en la que el construyó con sus propias manos.

Sin embargo cuando el clima se pone feo y hay vientos fuertes, se va a dormir a la casa de ladrillo. Finalmente dice que en este sexenio empezaron a dar ayuda económica a personas como él. Cada mes recibe alrededor de 3,000 pesos. Me dice, “No es mucho, pero tampoco no lo voy a despreciar.”

Platicamos varias horas, se río un poco de nuestras locuras de andar en bici. Me sorprendió la manera en que se abrió con nosotros en tan poco tiempo. Dice que no tiene hijos, que nunca se volvió a casar. Nos invitó varias veces a regresar a su casa. Le dijimos que con mucho gusto regresaríamos. Llego el momento de ir a dormir, así que con varios kilos de azúcar en la sangre , por todas las frituras que comimos y el refresco que tomamos, nos fuimos todos felices a dormir.

La Casa de Don Angel

Don Angel y Yo

El siguiente día nos levantamos muy temprano por la mañana, Don Ángel ya tenía café listo. Tomamos nuestro café, hicimos una sesión de fotos y nos despedimos de aquél buen hombre. Un hombre con fallas, como todos, un hombre con virtudes, como todos, un hombre con retos, como todos, un hombre con luchas, como todos nosotros.

Aprendimos mucho de Don Ángel, gran parte gracias a apertura y a la manera de relatar sus victorias y sus derrotas de una manera tan sincera y verdadera.

Espero verlo otra vez.

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